Nuevos trabajadores vs viejos sindicatos

El viernes pasado se pudo saber que el gremio de trabajadores de Amazon en Alabama rechazó unirse al sindicato nacional de su rama de actividad (trabajadores minoristas del comercio). 

Las razones son sorprendentes: hablaban de una clase corrupta de directivos sindicales, salpicada por escándalos de manejos opacos del dinero de las entidades gremiales y fondos enviados por los trabajadores. Alegaban la creación de planes irregulares para invertir el dinero que reciben los sindicatos, en cosas tales como desarrollos inmobiliarios y construcción de viviendas, en viajes y aportes para campañas electorales, negociaciones oscuras y una serie de cuestionamientos adicionales que apuntaban directamente al corazón de la dirigencia sindical.  

Los trabajadores de Amazon dijeron que tampoco querrían recibir ningún involucramiento especial de los sindicalistas en las negociaciones dentro de su empresa, porque llevaban una forma de relacionamiento muy opuesta a la dinámica de ellos: sin choque frontal, mucho diálogo, escasa conflictividad, distribución del crecimiento del negocio derramando por igual en más salario y en la creación de nuevos puestos de trabajo.

La noticia no solo es una evidencia de que hay nuevos modos de interacción entre los intereses del mundo del trabajo, las empresas y los sindicatos. Como pocas veces, pone en la vidriera que el sistema corporativo de los viejos sindicatos, incluso en una de las naciones más dinámicas en el plano sindical, está en pleno cuestionamiento. Por conductas corruptas, atavismos ideológicos o falta de representatividad efectiva, los sindicatos se enfrentan a sus propios representados.

En Uruguay acaba de pasar desapercibida una noticia que apunta en la misma dirección. 

El nuevo gremio de los trabajadores del casino Enjoy de Punta del Este rechazó afiliarse al Pit Cnt porque “por estatutos, queda prohibida la asociación y/ o vinculación con el PIT-CNT y/o entidades relacionadas directa o indirectamente a la misma”, atendiendo a su concepción marxista de lucha de clases y oposición al capital. Plantean que ellos quieren que las herramientas de gestión de sus intereses colectivos no se apoyen en entidades que promueven la destrucción de las empresas como enemigas, la lucha constante y la oposición de clases. Insisten en asumir su representación en el marco de un diálogo constante, y expresan que la mejor relación empresa-trabajadores se produce cuando se crean condiciones de negociación para los trabajadores sin destruir valor.

Acaso más conocido fue el episodio con el sindicato de trabajadores policiales, suspendido por el Pit Cnt en la afiliación sindical. La mesa directiva del Pit Cnt consideró que el gremio policial, por su naturaleza misma, integraba el “aparato represor del Estado”, contrario a la clase trabajadora. Aunque semanas después fue revisada la sanción, es la expresión política-ideológica de la central sindical la que sigue teniendo mayor peso que la comunidad de intereses y la unión en defensa del trabajador. Pero además, la decisión revela que al final solo habría lugar para integrarse a la central sindical a condición de adherir o no alterar al pensamiento ideológico que custodia la dirección del Pit Cnt; y aún así, para ciertos trabajadores agremiados -suponemos que para todos los vinculados al “aparato represor del Estado”- la exclusión parece asegurada. 

Nadie podría negar el servicio relevante que ha tenido el sindicalismo en el avance de los trabajadores, tanto en Uruguay como en el mundo entero. Es ocioso discutir que un sindicalismo fuerte permite mejorar condiciones de trabajo, dignificar el empleo y aumentar el nivel económico de los ingresos para amplias capas de empleados. Alcanza repasar la evolución significativa de leyes de protección sindical, de seguridad en el trabajo, la negociación colectiva y los mecanismos de fijación salarial, así como cuestiones ligadas a la represión del acoso laboral, mayores derechos y beneficios para los trabajadores, etc. 

Sin embargo, la pandemia del Covid-19 está siendo rupturista para la identificación futura de los trabajadores con el sindicalismo. Ya venía cambiado antes, es cierto, pero no podíamos imaginar que el trabajo se cumpliera con mínima asistencia a las oficinas, comercios o centros educativos, de manera remota, mediante nuevos vínculos entre trabajadores, jefes y empresa, con la flexibilidad para hacer múltiples actividades coordinadas (trabajar, ordenar la casa y compartir tiempo con la familia), y una gran demanda de responsabilidad individual y compromiso personal. Nada que se pueda ecuacionar en la fórmula clásica “ocho horas de trabajo de lunes a sábado”. 

Ocurre que toda la nueva fuerza laboral, esos jóvenes que vienen llegando para reemplazar a los “trabajadores de estructura”, quieren mayor libertad, más oxígeno, más poder de decisión, menos imposición. Sacrifican libertad por reivindicaciones no esenciales o secundarias. Así que van a cambiar la forma actuar sindicalmente y también la visión sobre el trabajo, sus aspiraciones y la seguridad social.

Sinceramente, ¿a quién hoy le parece correcto disfrutar obligatoriamente diez días seguidos de vacaciones porque la ley no permite tomarse lapsos menores a conveniencia del trabajador y su familia? Y si necesita un adelanto de salario, ¿quién no ha pedido que le adelanten el jornal de licencia, aunque eso la ley lo prohibe? 

Esta forma nueva del trabajo pondrá en entredicho otro pilar, como es la subsistencia de la seguridad social como hoy la conocemos y que los expertos tratan de rearmar y enderezar. ¿Quién piensa que un muchacho de veinte años quiere aspirar a obtener una jubilación dentro de 35 o 40 años, que la sabe demasiado lejana para la medición del tiempo en su mundo, y que no logrará entender buenamente -por si fuera poco- que el Estado le diga que deje en ventanilla un 15% o 20% de su salario? Imposible para quien hoy trabaja acá, mañana en modo remoto en cualquier lugar y pasado ni vivirá en el país. La seguridad social se encamina a perder aportantes para los sistemas solidarios o de reparto. 

Las personas hoy deben colaborar porque se necesitan. Hacen tareas desde sus casas, o en oficinas distantes, con multi empleo, negociando mano a mano sus condiciones de trabajo, fijando metas y resultados; poco irá quedando del control horario, el descanso intermedio, la marca de tarjeta y decenas de regulaciones de la presencialidad. 

El nuevo trabajador tiene poco incentivo para sumarse activamente a un gremio en muchos casos. Sabe que en realidad que un arma muy importante es el ruido publicitario negativo contra cualquier trato deshonesto o irregular de la empresa, que reciben castigos del consumidor que pueden dañar su imagen y productos, y recibir sanciones de las autoridades.

La utilidad real de un gremio y las expectativas de los trabajadores modernos pueden quedar desalineadas si no se aporta algo más que la lucha sindical o la reivindicación estructural. Es más relevante colaborar, coordinar, ayudar, que bloquear o frenar. Porque ya hay otros canales altamente efectivos, que crecen sin parar y son muchas veces más expeditivos. ¿Una empresa de que se cuidaría más hoy: de una queja por las redes sociales de un trabajador que la cuestiona por malas prácticas, o de un gremio que le dice oligarca o burgués? 

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